jueves, 29 de mayo de 2014

EL ESPÍRITU SANTO EN SAN AGUSTÍN


1.      El don del Espíritu Santo

La ascensión del Señor recibió su complemento con la venida del Espíritu Santo, según sus palabras: Si yo no parto de vosotros, el Espíritu Santo no vendrá a vosotros (Jn 16,7). Les era necesario a los apóstoles alguien que dinamizara su vida[1], porque todavía eran carnales, y estaban asidos a la vida temporal del Señor: «Conviene que mi forma de siervo se os arrebate de vuestros ojos; como Verbo hecho carne, habito en vosotros; pero no quiero que sigáis amando carnalmente, y que, contentos con está leche, sigáis siendo
siempre infantes. Conviene que yo me vaya, porque, si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo. Si no os quito estas sopitas de leche, no aspiraréis nunca a los alimentos robustos; si os apegáis materialmente a la carne, no seréis capaces del Espíritu» 1.

Se trataba, pues, de dar fuerza e interioridad a la fe en Cristo. Para esto necesitaban recibir
el nuevo don del Espíritu Santo, que los había de espiritualizar.
 


Más que un afecto carnal, «quería El que le tuviesen un afecto divino, y hacerlos, de carnales, espirituales; lo cual no lo consigue el hombre sino con el don del Espíritu Santo. Esto es, pues, lo que le viene a decir: Os envío el Don, con que os hagáis espirituales, es decir, el don del Espíritu Santo. Porque no podréis ser espirituales si no dejáis de ser carnales. Y dejareis de ser carnales si la forma de la carne se os quita de los ojos para que la forma de Dios se os grabe en los corazones» [2]

El  Espíritu Santo es el creador de la espiritualidad cristiana, porque con El, los apóstoles comienzan a conocer, sentir y meditar lo que es auténticamente espiritual, es decir, lo divino, o, en términos más concretos, la divinidad de Jesús, que es el último término de todo movimiento espiritual. Tal es la obra de Pentecostés: introducir a los creyentes, por la fe, la inteligencia y el gusto de las cosas divinas, en el misterio de Cristo.

Entrar en contacto con Dios es el primer postulado de la espiritualidad, y esto se logra subiendo por la humanidad de Jesús y entrando en el conocimiento de su forma y secreto de Dios, de su igualdad con el Padre, de su grandeza de creador y regidor del mundo, de su gloria de santificador universal y cabeza de la Iglesia.


San Agustín repite en este punto la doctrina de San Pablo, que exigía a los fieles de Corinto un régimen alimenticio superior (1 Cor 14,37). Comenta el Santo este pasaje: «Quiso ciertamente el Apóstol que tuviesen un conocimiento sólido de las cosas espirituales, donde no sólo se prestase la adhesión por la fe, sino también se tuviese cierto conocimiento; y por eso ellos creían en las mismas cosas que sabían los espirituales» [3]

La fe y el conocimiento de la divinidad que el Espíritu Santo «injerta en los corazones de los fieles» no es la de un deísmo frío y abstracto en que corre peligro de convertirse, sino un afecto divino hacia el Verbo hecho carne. Por eso el Espíritu Santo no sólo trajo este impulso espiritualizador por el conocimiento y trato vivo de la persona de Jesús, sino también un amor nuevo; no carnal, sino espiritual, como el que empezó a calentar el mundo con la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén: «Se reunieron todos y comenzaron a orar. Jesús había de enviarles después, pasados diez días, al Espíritu Santo para que los llenase de amor espiritual, quitándoles los deseos carnales. Porque ya les hacía entender a Cristo como era: el Verbo de Dios que estaba en el seno de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas» [4]

A la purificación de la fe seguía la purificación del amor, haciéndolo espiritual para adherirse espiritualmente a Cristo.
“Con estas dos cosas, inteligencia espiritual y amor espiritual a Cristo, tenemos formada la espiritualidad cristiana ejemplar para todos los tiempos. Tales son los odres nuevos y el vino nuevo que trajo del cielo para hacer otros a los hombres” .[5]

Espíritu que da vida.

El  Espíritu Santo, al introducirnos en la divinidad del Hijo, nos lleva al seno del Padre, donde se halla el Hijo, es decir, crea en los cristianos el sentimiento profundo de la adopción de hijos llenos de confianza, entrega y amor. Nace de este modo una nueva psicología espiritual, que es la de hijos adoptivos de Dios.



Así debe interpretarse el texto paulino: Envió Dios en nuestros corazones el Espíritu Santo de su Hijo, que clamaba: ¡Abba, Padre! (Gál 4,6). Texto que responde también al de la carta a los Romanos: “No sabemos orar, pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables” (Rom 13,26). Comenta San Agustín: «¿Qué significa: El Espíritu interpela, sino que nos hace interpelar con gemidos inenarrables, pero veraces, porque el Espíritu es verdad? De El también dice en otro lugar: Envió Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, que dama: ¡Padre! (Gál 4,6). Y aquí, ¿qué significa que dama, sino que nos hace clamar, por aquella figura por la que llamamos día alegre, porque nos hace alegres?» [6]

Estos textos y comentarios nos descubren la intimidad de la misión del Espíritu Santo, que produce en el corazón de los cristianos dos clases de sentimientos: los gemidos inenarrables, que San Agustín suele relacionar con los sentimientos de la miseria y del pecado, que nos hacen suspirar en este mundo lejos de Dios todavía y tristes por su ausencia. El gemido brota de la indigencia, del contacto con la miseria propia o ajena. El don de lágrimas, de que han gozado tantos hijos de Dios, proviene de este Espíritu.

Pero al mismo tiempo, El engendra en los cristianos el espíritu filial, o de hijos de adopción, que se dirige a Dios, llamándole Padre con la ternura, la confianza, la entrega del verdadero hijo, que ama a Dios por su misma bondad y el amor que ha manifestado a nosotros.

Esta penetración en la intimidad del Padre completa la ascensión espiritual del alma, porque hasta que no llega allí no alcanza la altura y la trascendencia espiritual a que está llamada. Esta es la verdadera patria adonde nos lleva el Hijo, que, como Dios igual al Padre, es también la patria donde vamos. No hay patria sin Padre.

El Espíritu Santo contribuye con su caridad a liberar al cristiano del  miedo, infundiendo sentimientos auténticamente filiales en el trato con Dios. Si la espiritualidad cristiana de suyo es gozosa, libre y expansiva, es porque está liberada, a lo menos en innumerables cristianos, del miedo y del interés; porque saben que no abrazan a un fantasma, sino al Dios vivo, que se ha hecho amable y amante en el Hijo, enviado al mundo para salvarnos.


Todos estos y otros efectos que produce el Espíritu Santo en la Iglesia están bellamente resumidos en una imagen aplicada a la tercera persona: la de alma de la Iglesia, porque vivifica a toda ella, según confesamos en el Credo, llamándole Espíritu vivificador.

En una catequesis de Pentecostés dice San Agustín: «Si queréis poseer al Espíritu Santo, poned atención, hermanos; el espíritu de que vive todo hombre se llama alma, y ya veis lo que ella hace en el cuerpo. Da vigor a todos los miembros: por los ojos ve, por los oídos oye, por las narices huele, por la lengua habla, por las manos obra, por los pies camina; está presente en todos los miembros para darles vida; da vida a todos, y oficios a cada uno de ellos... Y así no oyen los ojos, no ven los oídos ni la lengua, ni hablan el oído y el ojo, pero todos viven; los oficios son diversos, pero la vida les es común.


Así acaece en la Iglesia de Dios: en unos santos hace milagros, en otros predica la verdad, en otros conserva la virginidad, en otros la pudicicia conyugal; en unos, una cosa, y en otros, otra; cada cual tiene su misión, pero todos tienen vida. Pues lo que es el alma al cuerpo humano, tal es el Espíritu Santo al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia; lo que obra el alma en los miembros de un cuerpo, el Espíritu Santo lo hace en toda la Iglesia» [7]

Así puede verse la acción y significación del Espíritu Santo en la Iglesia, a cada uno de cuyos miembros da vida y operaciones propias con las formas más variadas de influjo. El anima y vivifica el Cuerpo místico, ya que «por la caridad nos hacemos espirituales» [8], y la caridad nos viene del Espíritu Santo.

Según lo dicho, el cristiano no debe perder el contacto con este Espíritu, porque El es el que da la vida, la conserva, la aumenta y la lleva a su corona y perfección. Todo cuanto hay de sano y santo en la Iglesia, se debe a su influjo: «Deja, pues, tu espíritu y recibe el Espíritu de Dios. No tema tu espíritu que, cuando comience a habitar en él el Espíritu de Dios, ha de padecer estrecheces o apreturas en tu cuerpo. Cuando comenzare a habitar en tu cuerpo el Espíritu de Dios, no echará de allí a tu espíritu; no tengas miedo» [9].

El Espíritu Santo cohabita con todos y vivifica a todos, comunicándoles su ser espiritual y sus funciones. Los dos símbolos o figuras principales en que el Espíritu Santo se ha manifestado visiblemente, la paloma y las lenguas de fuego, tienen la misma significación: «Al enviar al Espíritu Santo, en dos formas lo manifestó visiblemente: por la paloma y el fuego. Por la paloma que se reposó sobre la cabeza
de Cristo bautizado; por el fuego que se mostró sobre los apóstoles congregados» [10]. La primera era el símbolo de la sencillez o del amor inocente, el segundo significaba el ardor de la caridad. Las dos cosas son necesarias a las operaciones del Espíritu Santo llevarán siempre estos rasgos, con que el Santo distingue la verdadera Iglesia de las cismáticas, utilizando la simbología de las palomas y los cuervos.



















[1]  In Io.ev. tr. 94,4
[2]  Sermo  270,2
[3] In Io.ev . 98,2
[4] Sermo 264,4
[5] Sermo 267,1
[6] De dono Persev. 64
[7] Sermo 267,4
[8] Enarrat. in. Ps. 47,14
[9] Sermo 169,15
[10] In Io.ev.tr.6,3

domingo, 25 de mayo de 2014

LA PASCUA EN SAN AGUSTÍN

1.      El sacramento de la Pascua



La larga preparación cuaresmal nos lleva al misterio pascual, donde están los orígenes mismos de la espiritualidad cristiana. Los cristianos somos hijos del sacramento pascual. No se trata aquí de recordar devotamente un misterio, v.gr., el del nacimiento del Señor, sino de un sacramento en el sentido religioso
que le da la Iglesia. San Agustín distingue correctamente el tiempo de Navidad de este tiempo: «Hay que notar que la natividad del Señor no se celebra sacramentalmente-non in sacramento celebran-, sino en recuerdo; reevocamos a la memoria que El nació, y para esto era bastante celebrar con alegre devoción el aniversario de aquel hecho. Mas el sacramento se hace a modo de una celebración en que el recuerdo de un suceso real de tal manera se conmemora, que se entienda que se está significando algo que se ha de recibir.


Así en la celebración de la Pascua no sólo recordamos el hecho de la muerte de Cristo, sino también las demás cosas que atestiguan esto las adoptamos para la significación del sacramento. Pues como, según el Apóstol, murió Cristo por nuestros delitos y resucitó para nuestra justificación (Rom 4,25), cierto tránsito de la muerte a la vida se consagró en aquella muerte y resurrección... Se recomienda, pues, el tránsito de esta vida mortal a la otra inmortal, esto es, de la muerte a la vida, con la pasión y resurrección del Señor».

En otras palabras, el hecho histórico de la pasión y resurrección se hace acontecimiento salvífico, de que nosotros hemos de participar efectivamente muriendo y resucitando con el Señor. Hubo muerte y resurrección en Cristo; espiritualmente ha de haber una muerte y resurrección en los cristianos: «Por
eso no celebran la Pascua sino los que de la muerte de sus pecados pasan a la vida de los justos» . El cristiano realiza una mística configuración con Cristo en su pasión, sepultura y resurrección. Toda esta mística está presente en el bautismo, que solía celebrarse muy solemnemente en la mañana de Pascua
en las iglesias antiguas '. El recién bautizado recibía el perdón de los pecados, la nueva vida de la gracia de hijo de Dios, y al mismo tiempo un sello espiritual o carácter que le hacía semejante a Cristo para siempre.

La Pascua nos trajo la nueva economía sacramental, que es fuente de toda la renovación cristiana, dividiendo los dos Testamentos. En el Antiguo se utilizaban multitud de signos para instrucción del pueblo de Dios: «En nuestras instrucciones, para dar sentido sagrado a alguna cosa recibimos con muy
religiosa piedad múltiples semejanzas, adaptadas, como de las demás cosas, de los vientos, del mar, de la tierra, de las aves, de los peces, de los rebaños, de los árboles, de los hombres; mas para la celebración de los sacramentos usamos de ellas, con cristiana libertad, muy parcamente; v.gr., del agua, del trigo, del vino, del aceite. En la servidumbre en que vivió el mundo antiguo, se le mandaron cumplir ritos que para nosotros sólo tienen un fin de instrucción» 

Con estas palabras alude el Santo a las muchas ceremonias y ritos de sacrificios de la ley antigua, que sólo conservan para nosotros un fin de instrucción y erudición religiosa. Mas en el Nuevo Testamento, las materias utilizadas en los sacramentos son el agua y el óleo, el pan y el vino. Así el agua y el óleo se utilizan en el bautismo y en la confirmación, y el pan y el vino en la eucaristía. Estos eran los sacramentos que recibían los catecúmenos con la gracia de la renovación espiritual, vinculada al sacrificio redentor del Hijo de Dios. Todo el sentido de los sacramentos antiguos consistía en prometer al Salvador, en despertar la fe en el futuro Libertador ". Los del Nuevo Testamento dan la salvación y santidad que prometían los antiguos, siendo eficaces en virtud de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Por eso, «la resurrección de Cristo es la vida nueva de los que creen en Jesús, y éste es el sacramento de su pasión y resurrección, que debéis conocer y actuar en vosotros...

Pues Cristo murió para que manifestase en la cruz la muerte del hombre viejo, y resucitó para que con su vida mostrase la novedad de nuestra vida» ".Tal es el sentido de la Pascua y de su espiritualidad; es una continuación esencial de la que nos imprime el bautismo con los efectos: muerte al pecado y vida para Dios. «La resurrección de Cristo está en nosotros, si vivimos bien», sentencia el Santo ". Trazamos aquí las líneas esenciales de la vida cristiana, el binomio espiritual, que consiste en evitar el pecado y poseer la gracia o
vida de Dios. Por eso la Pascua es el principio de la vida cristiana, cuyo origen es Cristo resucitado.

2.      «Alleluia»

Como consecuencia de la vida nueva que introdujo la Pascua, nació un nuevo espíritu eucarístico y laudatorio, que ha impreso sello imborrable en la cristiandad. Para San Agustín, «la más excelente obra del hombre es alabar a Dios... Sea, pues, tu ocupación celebrarle con loores; brote de tu boca la
palabra buena; manifiesta tus obras al Rey que puso en tus labios sus palabras y te dio lo que habías de ofrecerle» ". La liturgia pascuaL ha contribuido a fomentar el espíritu laudatorio y confesional en la Iglesia. El canto del Alleluia es el transporte de gozo en el alma por tres hechos que le afectan: la resurrección corporal de Cristo, la espiritual del alma, que ha recibido en el sacramento de la regeneración, haciéndose hijo

de Dios, y la futura resurrección de la carne. Estas tres resurrecciones, con todo el conjunto de beneficios que suponen para los cristianos, llenan su espíritu de gratitud, de devoción y melodía interior. El presente, el pasado y el futuro, con la fe, esperanza y caridad, se abrazan en el Alleluia pascual:

«He aquí que la esperanza nos amamanta, nos nutre, nos fortalece y en esta vida laboriosa nos consuela; con esta esperanza cantamos el Alleluia. Si tanto gozo nos trae la esperanza, ¿qué será la realidad?... Cuando apareciere Cristo, nuestra vida, también nosotros entonces apareceremos con El en la gloria. Entonces será el tiempo de cantar el verdadero Alleluia; ahora lo es en esperanza. Aquella esperanza nos hace cantar; también el amor canta y cantará entonces; mas ahora es a un amor menesteroso, con hambre, y entonces
será un amor gozoso. ¿Pues que es el Alleluia? Ya os lo he dicho: es la alabanza de Dios. Ahora oís esta palabra, y al oírla os produce alegría y alabáis a Dios alegremente. Si así amáis el rocío, ¿qué será la fuente?»"


En todo el tiempo pascual, como puede notarse, el tema escatológico está presente como una tensión entre dos instancias, lo actual y lo futuro; como dice San Agustín, la spes y la res. Así el alma cristiana en la Pascua se balancea rítmicamente entre las dos cosas, entre el gozo de lo que ya cree y posee y el deseo de lo que le falta, en los brazos del tiempo y de la eternidad, y anda como entrenándose para la posesión de la gloria futura, que será también vida de alabanza. La ocupación de la vida presente debe ser la alabanza a Dios, pues también el alborozo de la vida futura será alabarle, y nadie puede habilitarse para lo que será aquella vida si no se adiestra para ella ahora» .

Ahora, como viadores, hemos de cantar el Alleluia, pues viajamos por este camino laborioso hacia la patria de nuestro descanso, donde nuestra vida será toda de alleluia ": Por eso, «no sin razón, hermanos, la Iglesia conserva la antigua tradición de cantar durante estos cincuenta días el Alleluia, que es alabanza de Dios, para darnos a entender a los que trabajamos hoy que ella será la acción de nuestro descanso. Cuando después de esta vida trabajosa lleguemos a aquel reposo, toda nuestra vida será alabar a Dios; nuestra acción, cantar el Alleluia» .


San Agustín era, sin duda, muy sensible al gozo de-la música del Alleluia pascual, que le recordaba sus primeras impresiones litúrgicas de recién convertido en Milán: «Esta es nuestra alegría, hermanos; alegría de estar unidos todos, alegría en los salmos e himnos, alegría en la memoria de la pasión y resurrección de Cristo, alegría en la esperanza de la vida futura. Si tanta alegría hay en lo que esperamos, ¿qué será cuando llegue la posesión? He aquí que estos días, cantando el Alleluia, se renueva, en cierto modo, nuestro es-
píritu. ¿No es verdad que de algún modo pregustamos la felicidad de aquella soberana ciudad? Si en estos días sentimos tanto gozo, ¿qué será cuando se diga: Venid, benditos de mi Padre, y recibid el reino; cuando se congregarán los santos en uno?... Por eso decimos Alleluia; cosa buena es, alegre y llena de muy suave gozo» Habla aquí el pastor y el cristiano enriquecido con la experiencia del misterio pascual, de que formaba parte también el aumento de la Iglesia con nuevos miembros que recibían el bautismo y testificaban la resurrección del Señor. En los sermones a los neófitos-ad infantes-, él cantaba con ellos el dulce cántico: «El Alleluia es el cántico nuevo. El hombre nuevo canta un cántico nuevo. Lo hemos cantado nosotros, lo habéis cantado también vosotros, que ha poco nacisteis a vida nueva. Nosotros lo hemos cantado con vosotros, porque hemos sido redimidos con el mismo precio El Obispo fundía su voz en la música infantil de su feligresía. Toda la moral y ascética cristiana se reducía a un cantar nuevo: «Cantad con las voces, cantad con los corazones, cantad con las bocas, cantad con las costumbres. La alabanza de cantar es el mismo cantor. ¿Queréis cantar alabanza a Dios? Sed vosotros lo que decís. Si vivís bien, vosotros sois la alabanza

a Dios»". Así exhortaba a la vida práctica a los neófitos el Obispo de Hipona. La vida vivida cristianamente, a la luz de la resurrección de Cristo, es la Pascua viva, el Alleluia que mejor se canta, la gloria de la Iglesia. Sobre todo la paz en las comunidades eclesiales era el verdadero canto pascual: «Alabad al Señor, hermanos, con la vida y la lengua; con el corazón, con la boca, con las costumbres. Así quiere que se diga Alleluia, de modo que no haya discordia entre los que la cantan» También los donatistas cantaban el Alleluia, y éste era el gran dolor del Pastor de Hipona: que todos los cristianos no alabasen a Dios con una boca
y un solo corazón. El espíritu pascual de alabanza es el alma misma de la espiritualidad cristiana, que es gozosa y jubilante, siempre agradecida por el beneficio de la redención. No es buen viajero el que no canta. Por eso, «en este tiempo de peregrinación, para consuelo de nuestro viaje, vamos cantando el Alleluia; ahora el Alleluia es canto de viajeros, pues nos dirigimos, por un camino de trabajos, al lugar de nuestro descanso, donde todo será alleluia. Esta ocupación suavísima es la que escogió María, que descansaba, aprendía, alababa» ".La Pascua es un aprendizaje de vida contemplativa, de reposo en medio de las actividades trabajosas y el tráfago de este mundo.Con el pensamiento escatológico, o la contemplación de la ciudad de Dios ya glorificada y en su reposo definitivo, se inflamaba el espíritu de San Agustín en este tiempo para mirar arriba, a la patria del cielo, con lo que el peso y gravedad de la vida terrena se hacía menos oprimente y el cristiano se entrenaba en el vuelo, elevándose de las miserias terrenas. Por eso la espiritualidad cristiana lleva muy en su corazón el tema de Pascua como impulso de contemplación y alivio del camino ascético.

3.      Teología de la ascensión

El cristiano no sólo participa del misterio de la muerte, pasión y resurrección del Señor, sino también del de su ascensión a los cielos. Este constituye uno de los aspectos íntimos de la espiritualidad cristiana, que es esencialmente ascensora y volante, distinguiéndose mucho de la espiritualidad luterana por ejemplo. San Agustín y Lutero se dividen aquí y van en direcciones contrarias. Ya se ha aludido anteriormente a la teoría del eros, el cual en su forma celeste es una fuerza y conato de ascensión de lo sensible a lo inteligible,
de lo mortal a lo inmortal, de lo transitorio a lo permanente, de lo terreno a lo celestial. Pero en realidad la participación en el misterio de la ascensión es lo que da alas al amor para subir a Dios, no contra Dios.
El historiador y crítico de la noción cristiana del amor A. Nygren reconoce en este punto esta divergencientre la espiritualidad católica y protestante. Reconoce una triple escala de ascensión, que se realiza mediante la virtud, la especulación racional y la contemplación ".



 La espiritualidad de la Reforma luchó contra estas tres escalas o formas de ascensión. «Lutero se levanta contra esta tendencia ascendente; contra esta ascensión que se efectúa por las escalas del mérito, según la piedad práctica; por las

escalas de la purificación e iluminación, según la mística; a lo largo del pensamiento especulativo y racional, según la escolástica. Lutero quiere ignorar toda clase de ascensión a la majestad de Dios. En lugar de esta teología de la gloria, exige una teología de la cruz» La noción católica del mérito y de la escala de las virtudes, la de la analogía metafísica, por la que también la razón, ilustrada por la fe, sube a Dios,
y «la peste de la teología mística de Dionisio y de otros libros análogos»,fueron objeto de particular desdén para él. «Como sólo Cristo sube al cielo, El que se ha rebajado y está en el cielo, es imposible que un benedictino, un agustino, un franciscano, un dominicano, un cisterciense u otro cualquiera suba al cielo» ".
Sólo Cristo puede subir al cielo, y nadie más. Lutero se funda en el mismo pasaje evangélico para formular su teología de la cruz, o del profundo abatimiento del hombre, herido y exhausto de fuerzas, que no puede elevarse, que San Agustín para formular su teología de la gloria o ascensión del alma a Dios: «Nadie sube al cielo sino el Hijo del hombre, que ha descendido del cielo». Sólo Cristo, dice Lutero. También los cristianos en Cristo y con Cristo, había dicho San Agustín, el cual no deja de admitir la soledad ascensora de Cristo. El es en realidad el único ascensor, pero en este ascensor, y por sus méritos y bondad, muchos miembros suyos pueden subir a Dios. El misterio, pues, de la ascensión del Señor penetra y vivifica toda la espiritualidad cristiana y agustiniana, como decíamos que también el misterio de la cruz era su fuerza interior. Las dos teologías-la de la cruz y la de la gloria-califican la ascética cristiana. La ascensión pertenece a la teología de la gloria y siguió a la teología de la cruz, «pues la glorificación de Cristo se realizó en dos tiempos distintos: en la resurrección y en la ascensión» ".San Agustín parte del hecho histórico: «En este día, hermanos, cuadragésimo después de la resurrección, el Señor subió a los cielos» ". Los cuarenta días pascuales empléolos el Señor en manifestar la verdad de su cuerpo resucitado, entrando y saliendo con ellos, comiendo y bebiendo ".La catequesis de este misterio comprende tres aspectos sobre todo: dog-
mático, eclesiológico, ascético. Quiero decir que la mirada de San Agustín abarca e ilustra el realismo del Verbo hecho carne, y se encara con los maniqueos, que le dieron sólo un cuerpo aparente; o con los arrianos, que le negaron la divinidad; o con los pelagianos, que negaron su gracia; o con los donatistas,
que dividieron su Iglesia. Es decir, San Agustín abarca siempre la plenitud ontológica del Verbo hecho carne en todos sus aspectos: el Dios que está sobre nosotros y el Hombre que está con nosotros ".Pero, aun subiendo al cielo, Cristo no se desentiende de su Cuerpo o Iglesia que peregrina por la tierra, y puede decir: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Cristo sigue siendo cabeza de la Iglesia, a la que rige, gobierna, vivifica, defiende y santifica en sus miembros que yacen sobre la tierra.Pero aquí nos interesa el aspecto ascético o ascensivo del alma, pues Cristo hace a su Iglesia participar del misterio de su subida al cielo.

San Agustín, como Lutero, defiende que en realidad sólo Cristo sube al cielo; pero también pueden subir con El todos los que forman su Cuerpo místico, que son miembros suyos y forman el Cristo total: «Porque El bajó a la tierra para sanarte, subió al cielo para elevarte. Tú caes, si te levantas contra El; estás firme, si El te eleva. Levantar, pues, el corazón a Dios es nuestro refugio; levantar el corazón contra El es la soberbia. Digamos, pues, a El que resucita: 'Tú eres, Señor, mi esperanza, y al subir has puesto altísimo mi refugio'»
Esta pedagogía de la ascensión tiene por fin alcanzar los tesoros encerrados en Cristo en sus tres aspectos, porque El te ofrece algo que se debe mirar con atención, algo que se ha de creer y algo que se ha de ver".
Hay en su persona aspectos que son objeto de trato y de intuición sensible, algo que es objeto de fe y algo que será objeto de visión beatífica. Cristo ofreció a los hombres de su tiempo una humanidad tratable y conversable, que fue el primer paso de acercamiento a El. El realismo de su encarnación ofrece a los que le buscan un contacto y fundamento para la fe cristiana, que tiene su base en la historia temporal del Hijo de Dios. Por eso Cristo quiso demorar cuarenta días su permanencia entre los discípulos, entrando y
saliendo, comiendo y bebiendo con ellos: «Cristo, en su permanencia con sus discípulos durante cuarenta días, dio a entender que en este lapso de tiempo es necesaria la fe en la encarnación para los que son flacos» ". Pero aquella fe estaba demasiado ligada a la visión carnal del Hijo de Dios fue necesario quitarles todo arrimo sensible para que su adhesión a Cristo se fortaleciera y purificara, «porque estaban fijos en
el hombre y no podían pensar en Dios» ".

Cristo quiso formarles y catequizarles con una disciplina más severa, llamarles a una esp








iritualidad más vigorosa del surrum cor y mundum cor. «Es mejor que ya no me veáis en esta carne y entréis con el pensamiento en la divinidad. Yo me quito de vosotros en el exterior, pero interiormente os lleno de mí.
¿Acaso Cristo entra en el corazón por la carne y con la carne? Según su divinidad, posee el corazón; según la carne, habla por los ojos al corazón y avisa desde fuera; morando en lo interior, hace que interiormente seamos convertidos, y vivificados, y formados por El, que es la forma increada de todas las cosas»

He aquí el itinerario de la nueva espiritualidad: de la forma de siervo, o de la humanidad conocida sensiblemente, hay que ascender a su forma de Dios o divinidad, primero por la fe y después por la visión. La fe, pues, es una forma de ascensión a Dios, aunque imperfecta todavía. Hay aquí una ascética ascensora que exige un doble esfuerzo de purificación y elevación: «Subamos, pues, a El, que bajó a nosotros; nuestras escalas son las costumbres con que vamos avanzando»". Se insinúa la ley de progreso continuo, que es
fundamental en la escuela cristiana, y las alas para subir son las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad: ¿Y adónde se ha de subir? De la humanidad, a la divinidad; del Verbo hecho carne, al Verbo que estaba en
el principio en el seno de Dios y era Dios. Lo que exige esta ascensión es lo que llama San Agustín cogitare divinitatem: meditar en la divinidad, penetrar los misterios del ser divino. Por su vida temporal conocemos sus realidades humanas, su cuerpo, su alma, sus hechos, sus milagros, sus palabras; todo ello debe servirnos de escala para subir hasta el Dios oculto en Jesús: «Por eso el Señor se ausentó corporalmente de su Iglesia y subió al cielo, para que la fe de la misma se edificase» o Es decir, para que fuese subiendo como
un edificio hasta llegar a Dios. Ejercicio de esta subida en este mundo es el de la fe creciente, que debe

purificarse cada vez más para llegar a lo profundo de la divinidad. Tal es el contacto espiritual, que tanto pondera San Agustín como ejercicio con el ejemplo de la Magdalena: «El haber dicho a María: No quieras tocarme, pues todavía no he subido al Padre (Jn 20,17), era para darle a entender el tacto espiritual, es decir, el acceso a El por la fe, creyéndole grande como el Padre».

domingo, 18 de mayo de 2014

UN RETIRO PARA MAYO

MARÍA LO LLENA TODO DE DIOS.










1.     Una historia como aperitivo.

Cuenta una leyenda que, en un pueblo totalmente alejado de la civilización, todos los que lo visitaban quedaban asombrados por el comportamiento y la forma de vivir de sus habitantes: todo lo tenían en común  las puertas siempre estaban abiertas nadie estaba enojado con nadie compartían ilusiones y penas se ayudaban los unos a los otros se palpaba un clima de cordialidad y de hermandad.

Pero sobre todo, lo que más llamaba la atención, es que siempre estaban alegres y contentos. Por eso, cada año, eran más las personas que llegando a aquella aldea, decidían quedarse a vivir con ellos.

Un día, un visitante, se dio cuenta que –a una hora determinada- todos los habitantes de aquel pueblo se ponían en movimiento. Y que los más ancianos decían: es la hora del alimento. Subían hacia un pequeño monte y, mirando hacia el cielo, una voz decía: es la hora de abrir la ermita de la Virgen.

El sorprendido visitante, miraba hacia un lado y a otro y, al no ver ninguna iglesia, preguntó: ¿dónde está la ermita que no la veo? El anciano del pueblo le contestó: amigo; la ermita que hay que abrir, no es de piedra o ladrillo. Es el corazón de cada uno. Ahí está el secreto de nuestra felicidad. María lo llena de Dios. Y, cuando uno tiene a Dios, la vida es un surtidor que estalla en permanente felicidad. Por eso, siempre que podemos, venimos no por obligación, sino por necesidad para que el Señor nos siga bendiciendo con la delicadeza, la apertura, la reconciliación, la ilusión, la solidaridad, la fe y la oración.

Aquel día, este visitante, entendió que el templo más importante, que Dios quiere y que la Virgen más cuida, es el del “Espíritu”. El corazón o el alma de cada persona.


2.     María en la Palabra de Dios.

Del Evangelio según Lucas 1,39-45

En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

Cuando Lucas habla de María, él piensa en las comunidades de su tiempo que vivían dispersas por las ciudades del Imperio Romano y les ofrece en María un modelo de cómo deben relacionarse con la Palabra de Dios. Una vez, al oír hablar a Jesús, una mujer exclamó: "Feliz la que te dio a luz y felices los pechos que te amamantaron”. Elogió a la madre de Jesús. Inmediatamente, Jesús respondió: "¡Felices, pues, los que escuchan la palabra de Dios y la observan!" (Lc 11,27-28). María es el modelo de comunidad fiel que sabe escuchar y practicar la Palabra de Dios. Al describir la visita de María a Isabel, enseña qué deben hacer cada una de nuestras comunidades, para transformar la visita de Dios en servicio a los hermanos.



Reflexión:

• El episodio de la visita de María a Isabel muestra otro aspecto bien típico de Lucas. Todas las palabras y actitudes, sobre todo el cántico de María que sigue en el texto, forman una gran celebración de alabanza. Parece la descripción de una solemne liturgia. Así, Lucas evoca el ambiente litúrgico y celebrativo, en el cual Jesús fue formado y en el cual las comunidades tenían que vivir su fe.

• Lucas 1,39-40: María sale para visitar a Isabel. Lucas acentúa la prontitud de María en atender las exigencias de la Palabra de Dios. El ángel le habló de que María estaba embarazada e, inmediatamente, María se levanta para verificar lo que el ángel le había anunciado, y sale de casa para ir a ayudar a una persona necesitada. De Nazaret hasta las montañas de Judá son ¡más de 100 kilómetros! No había bus ni tren.

• Lucas 1,41-44: Saludo de Isabel. Isabel representa el Antiguo Testamento que termina. María, el Nuevo que empieza. El Antiguo Testamento acoge el Nuevo con gratitud y confianza, reconociendo en él el don gratuito de Dios que viene a realizar y completar toda la expectativa de la gente. En el encuentro de las dos mujeres se manifiesta el don del Espíritu que hace saltar al niño en el seno de Isabel. La Buena Nueva de Dios revela su presencia en una de las cosas más comunes de la vida humana: dos mujeres de casa visitándose para ayudarse. Visita, alegría, embarazo, niños, ayuda mutua, casa, familia: es aquí donde Lucas quiere que las comunidades (y nosotros todos) perciban y descubran la presencia del Reino. Las palabras de Isabel, hasta hoy, forman parte del salmo más conocido y más rezado en todo el mundo, que es el Ave María.

• Lucas 1,45: El elogio que Isabel hace a María. "Feliz la que ha creído que se cumplieran las cosas que le fueron dicha de parte del Señor". Es el recado de Lucas a las Comunidades: creer en la Palabra de Dios, pues tiene la fuerza de realizar aquello que ella nos dice. Es Palabra creadora. Engendra vida en el seno de una virgen, en el seno del pueblo pobre y abandonado que la acoge con fe.


3.     La presencia mariana en nuestra vida agustino recoleta.

La orden de agustinos recoletos “no es orden mariana propiamente dicha”, pero nació, se propagó y se perpetúa “al amparo  de María”. Desde el primer momento manifestó de mil maneras su afecto filial a María. Se sentía hija de san Agustín, que tan profundamente marcó toda la teología mariana, y de una orden que siempre puso especial empeño en el culto a la Virgen. San Agustín señaló el cauce a la mejor especulación mariana del futuro, al integrar a María en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Para él María es también el modelo perfecto de obediencia al Padre y de virginidad, lo cual la constituye en paradigma de toda alma consagrada.

Los teólogos agustinos, a partir del siglo XIV, defendieron con vigor los privilegios de María y sus conventos no se contentaron con honrarla en las cuatro festividades clásicas del calendario universal: natividad, purificación, anunciación y asunción. Dieron vida también a múltiples asociaciones marianas y sus frailes promovieron el culto a otros títulos de la Virgen. Los más comunes fueron los de nuestra señora del Socorro, de Gracia, bastante común en los conventos castellanos del siglo XVI, de la Consolación y del Buen Consejo, de las que existe constancia documental desde 1308, 1401, 1439 y 1467, respectivamente. A fines del siglo XVI
(1575) la virgen de la Consolación se asocia a la de la Correa y poco a poco va convirtiéndose en el título más representativo de la piedad mariana de la orden. En 1588, durante su visita a los conventos españoles, el general Petrochini, muestra gran interés en erigir la cofradía de la correa en todos ellos.

4.     Enamorados de la Virgen María.

Durante el siglo XVI florecieron en los claustros agustinos de Castilla predicadores, teólogos y poetas enamorados de la Virgen. Santo Tomás de Villanueva (1486-1555),  cantó sus glorias por los púlpitos de Salamanca, Valladolid, Burgos, Valencia y otras ciudades de la península. Todavía hoy conservamos nueve sermones suyos sobre la asunción, siete sobre la anunciación, cinco sobre la natividad, cuatro sobre la inmaculada y algunos otros sobre la purificación, la visitación y la presentación en el templo. Todos ellos rebosan de ciencia bíblica y teológica, pero también de unción y fervor. Tomás era un predicador culto, formado en las aulas universitarias, y se sentía a gusto con los textos de la Biblia y en compañía de san Agustín, san Gregorio, san Bernardo y santo Tomás de Aquino, a quienes debe gran parte de su doctrina. Pero nunca perdía de vista
el público que le escuchaba.

El mismo fuego mariano ardió en el pecho del más grande de sus discípulos, san Alonso de Orozco (1500-1591). El predicador de sus honras fúnebres ya insistió en su amor a la Virgen: “Lo más de su vida gastó en alabanzas suyas”. Y con mayor claridad lo atestiguan sus propios escritos. Por ellos sabemos que su madre le consagró a María antes de nacer y le impuso el nombre de Alfonso en recuerdo del arzobispo de Toledo, que “es en España el santo mariano por excelencia”. A su ejemplo también nuestro Alonso se sentirá toda su vida “capellán de nuestra Señora” y elegido por ella para predicar sus alabanzas. En honor a María recitaba todos los días la Benedicta, un nocturno mariano de antigua prosapia en la iglesia, y en el silencio de su celda entonaba cada día cuatro salmos y el Magnificat, uno por cada letra de su nombre. A María dedicó tres de los cinco conventos que fundó: a Nuestra Señora de la Paz, el de Talavera (1566); a la Visitación, el femenino de Madrid (1589); y a la Encarnación, el masculino de la misma ciudad (1590).

Fray Alonso obedeció prontamente. En adelante, consumiría la mayor parte de su tiempo en el púlpito o ante la mesa de escribir. Y no pocos de sus sermones y de sus decenas de libros tratarán de María. Sobre ella hablaba varias veces todos los sábados del año y de ella escribió tratados que todavía poseemos.

También fray Luis de León (1527-1591), el legislador de los recoletos, se ocupó a menudo de María. En las aulas universitarias defendió con múltiples razones el privilegio de la Inmaculada Concepción. En los Nombres de Cristo dedicó una página bellísima a ensalzar su sangre virginal. En la cárcel inquisitorial de Valladolid (1573) el recuerdo de María le ayuda a soportar los ramalazos de la envidia y de la calumnia y le inspira una bellísima poesía:
 “La miserable vida / sólo cuando me vuelvo a ti respira”. Y a María vuelve sus ojos suplicantes para que le dirija entre las olas que amenazan hundirle en el abismo y le conduzca sano al puerto:


Virgen, lucero amado,
en mar tempestuoso clara guía,
a cuyo santo rayo calla el viento;
mil olas a porfía
hunden en el abismo un desarmado
leño de vela y remo, que sin tiento
el húmido elemento
corre; la noche carga, el aire truena;
ya por el cielo va, ya el suelo toca,
gime la roca antena;
socorre antes que embista en dura roca
Virgen, el dolor fiero
añuda ya la lengua, y no consiente
que publique la voz cuanto desea;
mas oye tú al doliente
ánimo que con tino a ti vocea.




5.     Fervor mariano de las primeras comunidades.

La Forma de vivir no dedica palabra alguna a María y, por tanto, deja intacta la legislación general de la orden. De ello cabría deducir que las comunidades recoletas se contentaron con las prácticas marianas comunes en ella. Sin embargo, la realidad fue un poco diversa. Su clara tendencia contemplativa las movió a incrementar su frecuencia y a introducir otras nuevas. El mismo día de la profesión todos los religiosos se consagraban a María y le prometían perpetuo vasallaje:

«El nuevo profeso ha de celebrar su profesión en la celda, teniéndola muy limpia y olorosa, y aderezada con flores y puesto en ella un altar pequeño y en él una imagen de Nuestra Señora con sus luces. Al irse a recoger, las encenderá y, puesto de rodillas delante de la imagen, ofrézcase por esclavo suyo, haciendo carta de esclavitud y firmándola, pidiéndola le reciba debajo de su amparo para defenderse del enemigo y que le alcance gracia de su santísimo hijo para perseverar en la guarda de los votos».


Con la reforma litúrgica de Pío V, el oficio parvo y la Benedicta quedaron relegados entre los agustinos a un lugar secundario, mientras que entre los recoletos mantuvieron su primitiva importancia. La recitación diaria de la Benedicta era obligatoria hasta en los colegios de filosofía y teología. Dieron mayor realce a la fiesta de la Inmaculada, convirtiéndola en día de comunión obligatoria. Los recoletos colombianos comulgaban todas “las fiestas de Nuestra Señora”, preparaban su celebración con un día de ayuno y las solemnizaban con una hora más de oración. La antífona Nativitas tua y la procesión de la correa no experimentaron cambio alguno. El canto de la antífona concluía solemnemente todos los días el rezo de la liturgia de las horas y era obligatorio para todos, incluso para los huéspedes, “si actualmente no estuvieran enfermos”. La procesión de la correa se celebraba todos los cuartos domingos de mes en los conventos que tuvieran establecida la cofradía.

6.     En el Horizonte de nuestras constituciones.

Nuestra legislación dedica poco espacio para expresar la cálida devoción de la Virgen María en nuestra Orden. Apenas dos números que subrayan la expresión más genuina de una sincera devoción mariana. Son sólo dos números, pero suficientes para expresar el amor de cada religioso y de cada comunidad a la Madre de Dios.

         “El carisma de la Orden, constituido por el amor casto contemplativo, por el amor ordenado comunitario y por el amor difusivo apostólico, adquiere una dimensión de ternura y de calor humano en la devoción de la santísima Virgen, madre y prototipo de la Iglesia, incorporada al misterio de Cristo y perfecto dechado de la vida consagrada a Dios.

Ella se entregó totalmente a la caridad. Abrazó aquel género de vida virginal, pobre y obediente, del que Cristo fue ejemplar principal. Es maestra de vida interior porque fue «más dichosa aceptando la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo» , y porque conservaba y meditaba en su corazón las obras y la doctrina del Hijo. Formó parte de la comunidad perfecta de la sagrada Familia. Es también maestra de la vida apostólica, «porque cooperó con amor al nacimiento de los fieles en la Iglesia»  y los sigue con materna solicitud hasta que Cristo se forme en ellos” . (Const. Nº 29)
                                       
“La comunidad expresa la devoción a la bienaventurada Virgen María, madre de la Orden, con el título especial de la Consolación y la propone a los fieles «como signo de esperanza cierta y de consuelo para el peregrinante pueblo de Dios”. (Const. Nº 30)


El número 78 trata de expresar cómo ha de realizarse la devoción y el culto a la Santísima Virgen María.
        
“Todas las comunidades y cada uno de los religiosos amen filialmente y traten de imitar a la santísima Virgen María, madre de Dios, en cuya válida protección se apoya la Recolección agustiniana.
Hónrenla principalmente con el culto litúrgico y tengan en gran aprecio, sobre todo, aquellos ejercicios de piedad mariana recomendados por el magisterio de la Iglesia, que expresan «más claramente la nota trinitaria y cristológica que les es intrínseca y esencial» 

“Veneren de modo especial y fomenten la piedad de los fieles hacia la Virgen María bajo el título de Madre de Consolación, que es título tradicional en la familia agustiniana.  “(Const. Nº 78)
         Después de la liturgia de las horas, sea considerado como una de las más eficaces y excelentes oraciones el rosario mariano  que se recitará diariamente, así como el saludo del Angelus.
Los sábados y festividades litúrgicas de la santísima Virgen y en la solemnidad de san José cántese en común la Salve Regina y la antífona Ioseph”.

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Expresar las actitudes de María.

         Cada vez que pensamos en María, estamos abriendo gozosos nuestros corazones a Dios para vivir la novedad del Evangelio. Ella supo aceptar la misma vida de Dios en Ella. En este día de retiro, tratemos de abrir gozosos nuestros corazones a la novedad de Dios, que se manifiesta en el corazón de los humildes y sencillos. Tal vez María tenga siempre que enseñarnos nuevas actitudes de sencillez y humildad. Ella lo entrego todo por Aquel Hijo, que era el mismo Dios hecho hombre. Nosotros, como agustinos recoletos, hemos hecho donación de nuestras vidas también a Cristo, para entregarlo todo por El y para El.



sábado, 3 de mayo de 2014

ORAR EN EL CAMINO. EXPERIENCIA PASCUAL



La fe es don de Dios, que se nos ha dado si mérito de nuestra parte. Lo nuestro CULTIVARLA  para que se de el encuentro.La oración es el cultivo, el riego que nos adentra en la experiencia de ENCUENTRO
Acudimos a la Palabra que siempre nos ilumina. En el tiempo de Pascua: Los discípulos de Emaús.

Lc 24, 13-35.


Emaús y el Sagrario

Como en la Eucaristía, Jesús está en el camino de Emaús, real y desconocido, presente e invisible, haciéndose el encontradizo, y los hombres, torpes, ciegos, deslumbrados, ¡con cuánta dificultad acaban por encontrarlo! ¡Qué raramente caen en que está allí!
Peregrinos perpetuos del camino misterioso del Sagrario, ¡cuánto hemos menester aprender de los felices caminantes de Emaús, para llegar como ellos a sentir arder el corazón oyéndolo y a conocer a nuestro Huésped Jesús partiendo el pan!

Qué hacen los peregrinos de Emaús para darse cuenta de la presencia de Jesús
Una palabra expresa todo lo que hicieron para llegar a aquel fin tan dichoso: oración. Estos dos hombres iban de Jerusalén a Emaús haciendo esto sólo: ORAR.




1. Orar echando de menos a Jesús
El Evangelio tiene buen cuidado de notar, en la descripción minuciosa del viaje de los dos discípulos, que iban tristes. Y la causa de esa tristeza, bien a las claras salta que es la ausencia de Jesús...

Aquellos hombres echaban de menos a Jesús, y porque no lo ven, porque no lo oyen, porque no gozan de su presencia, porque no descansan en su protección están tristes; y esta tristeza, con todas sus imperfecciones, honra y gusta a Jesús y merece de Él el regalo de su presencia, aunque sea velada o disfrazada.

La tristeza del corazón humano
¿Por qué estáis tristes?
… ¡más dinero!, ¡más placer!, ¡más honores!, ¡más vivir!, ¡más triunfar!, ……… ¿más Jesús?
¿Verdad, Compañero divino de la Hostia, que muchos “más……” te sonarán a aquel grito de Jerusalén: ¡Barrabás! ¡Barrabás! ¡Éste no!?


2. Orar hablando de Él

Los discípulos de Emaús son, sin pretenderlo, unos excelentes maestros de la vida interior.
Con lo que ellos van haciendo y recibiendo en aquella memorable jornada, más que un viaje de Jerusalén a Emaús, hacen el viaje, incomparablemente más ventajoso, largo y feliz,
•    de la incredulidad a la fe viva,
•    de la torpeza de hombres, a las claridades espléndidas de la palabra de Dios interpretada por el mismo Verbo de Dios;
•    de las pesadumbres y congojas de la vida de sentidos, a la dulce posesión de la vista cierta de Jesús resucitado de entre los muertos;
•    desde el abismo de la ruindad de la naturaleza a las cumbres de la vida interior del alma.

Cómo hablaban
No toda conversación de o sobre Jesús puede llamarse oración. ¡Cuántos hablan y escriben y predican de Él lindezas de arte y primores de poesía y asombros de elocuencia, y..., sin embargo, no hablan con Él y, por consiguiente, no oran!
La conversación que los discípulos llevaban sobre Jesús era oración, porque más que conversar el uno con el otro, podía decirse que cada cual hablaba con un interlocutor invisible que se suponía y a la par no se creía presente. Aquel hablar tan insistentemente sobre lo que hizo, dijo, prometió y padeció Jesús, no era para contarse lo que ya sabían, sino como una rumia de la presencia tantas veces paladeada y gozada; como una nostalgia o añoranza del bien gozado y que a pesar de su poca fe no acababan de tener por perdido.